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viernes, 24 de abril de 2009

Reconstrucción

Azul, naranja y blanco.

Es todo lo que se puede ver en la piscina climatizada en la que nado casi a diario. Algún verde ocasional se cuela en forma de manguera o cartel en alguna que otra pared, pero casi todo es azul.

Azul y silencio. 

Se escucha el sonido del agua como una constante sólamente rota en escasos momentos por una risa ocasional o algunas palabras sueltas.

Se trata de una quietud total, como si dentro se parase el tiempo y el mundo quedase olvidado en un recóndito escondrijo a miles de kilómetros.

Y allí estaba yo, recuperando algo de respiración después de algunos largos, cuando vi algo.

El silencio tan sepulcral que invade la piscina no impide la comunicación. Hay miradas que lo dicen todo. Y en ese momento había muchas de ese tipo.

Seguí la trayectoria de la línea de visión de varias personas para darme cuenta que tenían la vista fija en una familia que acababa de entrar en la sala desde los vestuarios. Una familia normal, con la única peculiaridad de su color de piel. Eran negros.

Todo normal pensé. Pero volví a mirar a la gente de mi alrededor y vi que los ojos, en la mayoría, reflejaban primero curiosidad y luego incomprensión y rechazo, rompiendo esa situación de paz que envuelve a la sala.

Pensé: en el año 2009, ¿a estas alturas la gente todavía mira así?¿aún existe esta intolerancia?¿cómo cojones puede la gente ser de esa manera?

La familia era totalmente ajena a esas miradas, no se habían dado cuenta (lo cual me cabreó, aún más). El padre había entrado en la sauna y los niños jugaban en el agua.

Estaba indignado, sentía rencor hacia esas miradas intransigentes. Y cuando estaba saliendo de la piscina por el cabreo algo cambió.

Uno de los niños se había acercado a una señora de unos cincuenta años, que estaba sentada en un banco secándose, para preguntarle si había visto a su padre. La mujer, con una sonrisa espléndida que irradiaba sinceridad, le cogió de la mano y le acercó hasta la sauna de donde el padre salía justo en ese momento. El padre le agradeció el gesto y la mujer se marchó dedicándole otra sonrisa a ambos.

De repente, el rencor que sentía hacia las miradas incomprensivas se diluyó y me vi a mi mismo unos instantes antes mirando a esas personas de la misma manera que tanto criticaba.

Quizás yo sólo quería ver esas miradas para poder luchar contra ellas, contra algo, aunque no existiesen y sólo fuesen una percepción. Contra unos prejuicios que yo mismo estaba creando para, quizás, probarme a mi mismo. 

La intolerancia es un círculo vicioso que se retroalimenta. Y esa mujer lo rompió en unos segundos. 

Y empecé a fijarme en otras cosas:

Un niño le contaba a su padre orgulloso cuanto había nadado mientras éste secaba su pelo, dos amigos charlaban tranquilamente y reían por algún chiste, un chico ayudaba a una señora mayor a salir con esfuerzo de la piscina, una chica le prestaba sus gafas de buceo a una amiga que las había olvidado, ...

La vida no es blanca, ni negra, ni gris siquiera. 

Es toda una infinita paleta de colores.

Todo depende de los ojos con los que la mires.





miércoles, 11 de marzo de 2009

Tiempo

Todo tiene que ser más rápido, más grande, más práctico, útil y eficiente.

Lo más, vamos.

Estar atrapado en un coche durante un atasco te regala mucho tiempo para pensar.
Y más aún si ves pasar entre dos filas de automóviles a un energúmeno que no merece el sobrenombre de "sapiens", sin casco, por supuesto, y a todo meter.

Y te hace reflexionar sobre la necesidad que tendrá de jugarse su suerte a que a alguien le pique un huevo ese día y abra la puerta de su coche en ese momento o le dé por cambiar de carril.

Tendría prisa, se puede suponer. 

Puede que tenga miles de cosas que hacer y tenga que abogar por la funcionalidad y lo práctico para que le dé tiempo a todo.

Todo tiene que ser práctico, y por tanto útil, más rápido, más grande, para poder disfrutar de la vida en todo su esplendor.

Así tienes teléfonos móviles con sms, mms,  mpx, jpeg, bmp, mpeg, wifi, 3G, mp3,  y todas las abreviaturas (hasta para eso hay que ser práctico y eficiente) que quieras para las innumerables patochadas que te intentan endilgar en un teléfono portátil, a los que sólo le falta que te hagan un risotto mientras te limpian el ojete con papel higiénico aromatizado a las finas hierbas del monte de San Crispín.

Y oye, yo sólo quiero llamar y que me llamen.

Robots de cocina que te preparan todos los tipos de comida imaginables, de una calidad cuestionable, para que no te tengas que preocupar de utilizar tus propias manos ni siquiera para algo tan básico como alimentarte. Ni de cocinar para alguien a quien aprecias, una de las cosas más gratificantes que puede existir. ¡Pero no hay tiempo!

Reproductores de música en los que almacenar miles de canciones a las que ni le vas a buscar el sentido. Coches con la mayor velocidad máxima, a ser posible estratosférica, y no hablemos de caballos, mejor guepardos, para llegar cuanto antes al destino. No vaya a ser que nos despistemos con el paisaje.

Ascensores (mal llamados por cierto, porque tanto suben como bajan) que deberían ser montacargas pero en cambio nos evitan el "suplicio" de subir unas míseras escaleras. Por favor, no nos herniemos. 

Hay que tener la conexión más rápida a internet, cuantos más megas mejor. 

"¿Oiga?" Si, mire, quería contratar los veinte de gigas de conexión de Cagafónica"

"De acuerdo. ¿En que zona vive usted?"

"En Burguillos de Alpedrete"

"Ah, pues verá, es que allí no hay infraestructura para que llegue tanto ancho de banda"

"¿Cómo? ¡Bah! ¡Es igual! Apúnteme a lo de los veinte gigas. ¡Qué hay que estar a la última!¿No sabe usted?"

¿Las películas? No más de cien minutos que si no se hacen muy pesadas, aunque claro, siempre es mejor que dure tres horas a tener que leer el libro. 

Y si hay que leer el libro me lo pone de bolsillo. Gracias.

Las dietas tienen que ser express (como el café). Hay que ponerse a tono para lucir tipito en verano en la playa de moda del sur peninsular. Y a la salud que le den viento fresco.

Los noticiarios resumidos, y los titulares bien grandes. La letra pequeña que se la guarden para los contratos en los que ni siquiera nos dignamos a leerla.

Y yo me pregunto:

¿Qué tendrá que hacer la gente que necesita de tanto tiempo?

Aquí viene lo mejor de todo, el summun: en hacer nada para ellos mismos.














 

miércoles, 4 de marzo de 2009

Multiplicación

Al margen de "La insoportable levedad del ser", famosísimo libro del escritor checo Milan Kundera,  su obra "La inmortalidad" es una de las mejores que he tenido ocasión de leer en lo que llevo de vida. Es más, ha conseguido ocupar un espacio permanente en el cabecero de la cama. Cosa que no ocurre frecuentemente.

¿A qué viene hablar de "La inmortalidad"?

Me explico. 

En esta novela atípica Kundera expone, entre otras ideas, su teoría de la suma y la resta en cuanto a la forma de denifir la unicidad del yo. Para ello utiliza a dos personajes principales en la historia, hermanas para más inri, Laura y Agnes.

Laura ejemplifica la suma, esto es, para que su yo, su identidad, sea más visible y voluminosa le va añadiendo atributos procurando identificarse con ellos. Sin embargo, al ir sumando elementos externos se corre el riesgo de perder la autenticidad, la esencia, oculta debajo de tanto abigarramiento.

Agnes es el polo contrario, es decir,  resta a su yo todo lo que es externo y prestado, para aproximarse a su pura esencia. En su caso el problema radica en quedarse a cero, exento de esa unicidad.

Bien. Soltado este rollo metafísico ahora va mi teoría.

Ni sumas ni restas, de lo que se trata es de multiplicar.

Tiene su sentido.

Kundera, también en "La inmortalidad" expone que hay una cantidad limitada de gestos para una cantidad ilimitada de personas.

En esto estoy acuerdo. Pero este hecho sugiere más suposiciones.

No sólo hay gestos limitados (sólo hay que fijarse en como la sonrisa de una persona nos recuerda a la de alguien conocido, la manera de mirar, la forma de ceder el paso ante una puerta, etc), también hay ideas limitadas, pensamientos limitados, sentimientos, sensaciones, formas de dar la mano, de besar, de abrazar, incluso problemas de la vida diaria, y una lista infinita de situaciones que son limitadas. 

Es decir, son comunes para un gran número de personas.

Son acciones que se transmiten desde el nacimiento, gestos de los padres a los hijos, por relaciones interpersonales e incluso por la cultura y la sociedad. De repente te descubres saludando a un amigo de la misma forma que lo hace tu padre o tu hermano.

Todos hemos caido enfermos, hemos perdido a alguien cercano, nos hemos enamorado, desenamorado, reido y llorado. Cada uno a su manera, por supuesto, pero la base es la misma.
Sin ir más lejos, todas las formas de arte surgen de la misma necesidad de expresar lo que atañe al alma.

Y sin embargo cada vez nos separamos más, buscamos nuestra identidad, la autenticidad, la unicidad, sin darnos cuenta de que hay más cosas que nos unen de las que nos diferencian.

No es necesario buscar hechos diferenciales para descubrir tu yo, no hay que escuchar otra música, vestir otra ropa, ver otras películas o leer otros libros. 

La clave de la personalidad, de la esencia del yo está en esa multiplicidad de gestos, pensamientos, sentimientos y acciones compartidos con el resto del mundo, pero conjugados de una forma totalmente única en cada individuo. 

Cada persona es única e irrepetible y al mismo tiempo está completamente relacionada con el resto. 

Únicos y multidimensionales.

El problema llega ahora.

Aquel que no quiere ver, que no interioriza lo que es acaba diluido en la masa como una persona anónima y frustrado. Cuando en realidad todos están con él.

El que cree que es único y diferente también se frustra al sentirse completamente solo pues no se da cuenta de quien está rodeado. De gente como él.

Ni suma ni resta. 

Multiplicación, esa es la clave.